dimarts, de gener 27, 2009

La crisis como invento.


Pues bastaría dejar (en cuanto a la economía general) la tozudez de cre­cer arrojando cosas y más cosas al mercado, contentándonos con las que ya hay, impulsando el uso o el reparto de millones de vivien­das vacías, por ejemplo, para que el monstruo de la crisis se desva­neciera. Esto en cuanto a la Economía de experto…
Pero en el plano individual hay un modo de quitarnos de encima la crisis. Veamos. Si usted tiene poco dinero para vivir, no hay más que dos maneras de resolverlo: o se afana y se desespera tratando de conseguir más dinero pese a saber que si no es robando o esta­fando no lo va a conseguir, o, inteligente usted, reduce drástica y voluntariamente el deseo de tenerlo y el deseo de poseer tantas co­sas superfluas. Porque aquí, en el deseo, se fundan no una sino va­rias filosofías y aun doctrinas y psicologías freudianas sobre cómo suprimirlo y cómo vivir riéndonos de las crisis materiales. Suprimir el deseo es el fundamento principal de la felicidad terrena. Saber re­nunciar al lujo, al exceso y aun a la temperatura ambiente que estú­pida e insanamente mantenemos en el hogar, no sólo nos permite no sentir la crisis, es que recobramos la sensatez que el sistema y la desmesura unida a él nos habían hecho perder.
Es el capitalismo feroz el que no da tregua ni a la sociedad ni al in­dividuo que no se ha pertrechado de ese remedio casero. Por eso la crisis como sentimiento depresivo nacional es difícil remediar. Los augures que pronostican la crisis, ahora que todo el mundo está al cabo de la calle como el meteorólogo pronostica lluvia cuando está lloviendo, no tienen problema: viven como dios. Y lo mismo pode­mos decir de los que administran la crisis. Los que no hablan de cri­sis son los que la padecen. Y a ellos me dirijo. Nieguen que la hay, niéguense a admitir que si no hay dinero para atender a tantas ne­cesidades prefabricadas es porque ha ido a parar al bolsillo de los anteriores, y sentirá una indignación quizá inédita pero también un gran alivio. Sobre todo si piensa que el dinero en exceso es el ver­dugo de los ricos. Es la teoría de la montaña y Mahoma. Vayamos a la montaña. Es la teoría del fin del mundo aplicada: el fin del mundo llega a todo el que agoniza; la crisis la sufre quien tuvo, no quien no tiene o sólo tiene lo indispensable, que es el caso de la inmensa mayoría.
La sociedad capitalista podría atenuar muy bien los efectos de la crisis, primero si repartiera mejor el dinero y el trabajo, y luego si no viera en el socialismo real un artilugio de reparto de pobreza. Pero entonces lo que falla es el sistema, no nosotros. Nosotros podemos mantenernos firmes y erguidos frente a la crisis y a la falta de em­pleo contentándonos con el subsidio, organizando barricadas o la revolución, pasando de tanto cachivache, encontrando en la frugali­dad el gran placer. Pensando, sobre todo, que esa crisis es un mito griego; que quienes la sufren de verdad son los pobres de espíritu que habiendo reducido su fabulosa riqueza a la mitad les falta un pelo para tirarse al tren o desde la ventana de un rascacielos, como hicieron muchos en el crack del año 29 y también algunos más en el año que acabamos de dejar. Nosotros no. Nosotros podemos esqui­varla haciendo equilibrismos en un semáforo seguros de que un euro no nos faltará de tantos conductores incapaces de renunciar al coche: la bestia negra y necia de ésta y de todas las crisis de la mo­dernidad. Que la crisis la sufran a fondo quienes la causaron…

1 comentari:

Riuk ha dit...

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